Columnista del Financial Times, especial para la BBC
LEO era fabricada por una tienda británica especializada en té.
¿Recuerda cómo era la oficina antes del correo electrónico? ¿Cómo era todo antes de que perdiéramos el tiempo viendo videos de gatos y haciendo compras en línea de manera subrepticia?
A manera de experimento, apagué la computadora de mi oficina y no la volví a prender en todo el día. Me di cuenta de que podía pensar, pero no tenía nada en qué pensar. No podía trabajar o comunicarme. No podía siquiera holgazanear. No era persona.
La historia de la oficina
Hoy en día, la computadora es la oficina. Se ha apropiado metafóricamente de ella y dentro de las computadoras tenemos escritorios, archivos, documentos, hasta papeleras. Y todo parece que haber sucedido tan rápido.
En 1975 la revista Business Week publicó un artículo titulado "La oficina del futuro". En él, George E. Pake, jefe de investigación de Xerox, predijo "una revolución en los próximos 20 años", que involucraba un pantalla de televisión colocada sobre un escritorio.
"Seré capaz de buscar en la pantalla documentos de mis archivos presionando un botón", vaticinó Pake. "Podré ver mi correo o cualquier otro mensaje. No se cuántas copias en papel voy a necesitar en un mundo así. Va a cambiar nuestra vida cotidiana y eso puede ser un poco pavoroso".
Resulta que Pake tenía razón. Lo único en lo que se equivocó fue en el tema de la impresión en papel. Nuestro amorío con las computadoras no le ha puesto fin a nuestro amor por los papeles.
Apenas en los últimos años que hemos dejado de imprimir todos y cada uno de los correos que enviamos o recibimos. Por ahora, se puede seguir diciendo eso de que la oficina sin papel llegará cuando llegue el baño sin papel.
Londres, no California
La computadora cambió la carga de trabajo y los roles profesionales en la oficina.
Las primeras computadoras no llegaron a la oficina en los 70 o en los 80. Llegaron al menos veinte años antes, en los 50, y no a la atractiva y soleada California, sino de la desaliñada y húmeda Hammersmith, en el oeste de Londres.
"Cerebros electrónicos ¿Cosas de la ciencia ficción? No. Es la primera exhibición de computadoras en el Olympia de Londres", decía una nota de publicidad, "las máquinas que quitan el afán en el manejo de los números".
El lugar donde esos cerebros electrónicos fueron pioneros fue un salón de té: la institución británica que es Lyons.
El hombre detrás del plan fue John Simmons, un matemático de Cambridge que soñaba con una máquina que sumara los recibos por la venta de los pastelitos. El monstruo de 6000 válvula que fabricó se llamó LEO, por Lyons Electronic Office, y no tenía duda de lo beneficioso que podía ser.
Pasar de pastelitos a computadoras fue una de las más extrañas diversificaciones en la historia de los negocios, y fue todo un problema a la hora del mercadeo.
El potencial usuario de computadoras necesita tener mucha confianza en su propio criterio si va a comprar una computadora fabricada en un salón de té.
Para los años 60, las poderosas computadoras "mainframe" importadas de Estados Unidos, habían llegado a las oficinas. Pero la visión de Simmons de que las computadoras liberarían a los trabajadores de tareas tediosas no fue del todo correcta.
Simplemente cambio un trabajo aburrido por otro. Hasta el copiado que hacían los oficinistas del siglo XIX parecía más interesante que eso de estar perforando tarjetas para alimentar las computadoras.
Algunos operadores decían que les ponía los nervios de punta, en parte porque el número de cajas de tarjetas indicaba el rendimiento laboral, aún en caso de que los supervisores no mantuvieran el conteo oficial de producción.
Llegó la palabra
El procesador de palabras liberó a las secretarias a tal punto que las dejó sin trabajo.
Las computadoras manejaban números, pero para el oficinista promedio la verdadera revolución vino con la llegada de los procesadores de palabra.
El concepto lo inventó el alemán Ulrich Steinhilper, quien en los años 50 dejó la idea en el buzón de sugerencias de la estadounidense IBM y recibió unos 25 marcos alemanes en compensación. Pero a alguien en la alta gerencia le pareció muy complicado, así que no pasó nada. Al menos, no por un tiempo.
Pero ya para los años 70 el procesamiento de palabras estaba en pleno desarrollo. Era la época de los procesadores de comida, así que las nuevas máquinas para oficinas ofrecían para las cartas y comunicaciones el mismo tratamiento milagroso que recibían zanahorias y demás vegetales.
En ese entonces la idea era muy distinta a simplemente teclear en una portátil. Se pensaba que el procesamiento de palabras lo harían equipos de especialistas que alimentarían maquinas editoras de textos.
A las mujeres, el procesamiento de palabras se les vendió como una innovación feminista.
El diario The New York Times proclamaba en 1971 que era "una respuesta a las plegarias de las activistas de la liberación de la mujer", porque implicaba que las mujeres ya no tendrían que hacer trabajos serviles como el de tomar dictado.
Pero una vez más, no pasó de esa manera. Ser promovido a los nuevos equipos de procesadores de palabras era solo un poco más divertido que aquello de perforar tarjetas.
Para el resto de nosotros, el procesamiento de palabras no sucedió hasta la llegada de las computadoras de escritorio. En 1977 Apple presentó la Apple II. Cuatro años más tarde IBM introdujo la PC.
Desde entonces, la manera como usamos las computadoras ahora es tan simple que ha reprogramado nuestros cerebros.
Liberadora y democratizadora
La computadora trajo consigo a los hombres del "departamento de sistemas".
Cuando en los 80 y 90 todo el mundo en la oficina empezó a aprender a usar estas maquinas, el trabajo se redistribuyó.
El trabajo grueso lo hacían las PC; el resto, como mandar correos electrónicos y manejar agendas, empezamos a hacerlo nosotros mismos.
La computadora ha sido una fuerza liberadora y democratizadora. Pero no tan atractiva para la secretaria, pues si bien es cierto que dejó de hacer el trabajo pesado, también lo es que en muchos espacios perdió el empleo.
La imagen de la computadora también cambió. A medida que se fueron haciendo más inteligentes, pasaron de ser usadas por las subvaloradas empleadas del bajo nivel secretarial a entrar al dominio de los hombres.
Porque si las secretarias estaban de salida, el departamento de sistemas estaba haciendo su entrada. Ahora una de cada cinco personas que trabajan con computadores es mujer.
De doble filo
Las computadoras son tan inteligentes que a veces parece que ellas piensas por nosotros.
"Las hojas de cálculo han hecho que el más humilde analista parezca un genio"
Gracias las hojas de cálculo que ha hecho que el más humilde analista parezca un genio.
Esta innovación se logró a finales de los 70 cuando Dan Bricklin y Bob Frankston crearon un proyecto llamado VisiCalc. La maravilla era que permitía recalcular instantáneamente toda una línea de sumas con simplemente cambiar un número.
VisiCalc fue adoptado por Wall Street. Las fusiones y adquisiciones se convirtieron en un juego de niños y los análisis financieros pasaron a un nuevo nivel.
Ahora damos como un hecho natural las hojas de cálculo. Son maravillosas, pero también han sido catastróficas. Fueron ellas las que nos permitieron el desarrollo de esa intrincada magia financiera. Y ya sabemos a dónde nos condujo eso.
Un arma aún más de doble filo fue la invención que en 1985 hizo una pareja de estadounidenses de un sistema para colocar gráficos, puntos destacados y diagramas de flujo en laminas.
Se llamaba Presenter, dos años después fue vendido a Microsoft por menos de US$30 millones, se rebautizó como PowerPoint y ahora cualquier tonto con nada que decir puede cortar aquí, pegar allá y dar una presentación interminable. Y vaya que lo hacen. Todo el tiempo. En todas partes.
Fue hacker, inversor tecnológico y acaba
de lanzar el primer nanosatélite argentino. La democratización de la
carrera espacial y por qué cree que pronto estaremos en Marte.
Por Nicolás Cassese - @nicassese Fotos de Vera Rosemberg Realización escenográfica y utilería por Leandro Frizzera Producción de Pía Rey
- Nunca saboteamos nada -dice Emiliano cuando le pregunto sobre su pasado hacker.
- Pero -agrega después de un silencio enigmático- si lo hubiésemos hecho jamás te lo contaría.
Estamos en un bar de café con leche y medialunas de
Palermo, el único que encontramos abierto en esta mañana de miércoles
feriado y Emiliano es Emiliano Kargieman,
un porteño de 37 años, y nada en su aspecto que lo distinga del resto
de los hijos que la clase media ilustrada de esta ciudad dio a luz
durante los 70. Estatura mediana, jean, camisa por fuera del pantalón,
media sonrisa inteligente y pelo castaño que alguna vez habrá sido
ondulado, quizás hasta largo, pero que ahora empieza a ralear.
Emiliano, sin embargo, es el CEO de Satellogic,
una empresa que desarrolla tecnología espacial, y cinco días antes de
nuestro encuentro puso en órbita el primer nanosatélite de la historia
argentina. Se llama Capitán Beto, fue financiado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación,
en colaboración con el INVAP, una empresa tecnológica de la provincia
de Río Negro, pesa menos de dos kilos, y su función es probar los
sistemas que, según él, revolucionarán la industria espacial.
- Nuestro objetivo es democratizar el acceso al espacio -dice Emiliano, pero no agrega nada más.
Le pregunto cuál es el plan de negocios detrás de su
empresa y lo único que dice es que no será vender satélites. Insisto,
pero no hay caso. Un par de días después le escribo un correo
reiterándole la pregunta. "No puedo contarte muchos detalles del
modelo de negocios ya que por el momento lo estamos manteniendo en
secreto. Lo que puedo decirte es que estamos construyendo una compañía que va a cambiar el mercado de servicios satelitales con una oferta disruptiva, y que nuestros primeros servicios y productos llegarán hacia fines de 2014", me responde.
Lo mismo ocurre cuando le pregunto si autoriza a Mat, un amigo suyo, a contarme algunas de sus aventuras de niño hacker. "Uf, estoy casi seguro de que no. Mat -escribe Emiliano, copiando al amigo en cuestión-, ante la duda de si contar o no algo, elegí siempre que no. Y pensá en tus hijos.;)".
Bienvenidos al mundo secreto de la ética hacker.
Lo que sí sabemos de Emiliano es que Satellogic, la
empresa que creó, está en la vanguardia de la nueva tendencia en
investigación satelital. Su idea es que la tecnología se hizo más barata y accesible, pero que ese avance aún no llegó a la industria espacial. A eso, a desarrollar satélites ciudadanos, pequeños y económicos, está dedicando sus esfuerzos.
La industria espacial, explica, nació al mismo tiempo que
la informática, en los años de la posguerra. Sin embargo, las
computadoras evolucionaron mucho más rápido que los satélites y los
viajes al espacio. La explicación de esto, dice, es que se aplicaron diferentes modelos de desarrollo.
Mientras que la informática y las computadoras personales progresaron
de la mano de inversores privados, la industria espacial quedó bajo el
monopolio de los gobiernos. Caída la Unión Soviética, la NASA es la
agencia espacial más relevante, pero sigue atada a esquemas que coartan
su crecimiento.
- En la NASA hay cero incentivos para innovar, y las empresas con las que trabajan son superconservadoras -se queja.
En una charla que dio en la TEDx Río de la Plata 2011,
los encuentros de innovación que son furor en el mundo y llegaron hace
algunos años a Buenos Aires, Emiliano demostró su punto con una imagen:
la del tablero de control de un transbordador espacial moderno. Aquello
que alguna vez fue sinónimo de futuro impacta hoy por lo básico. Hay
perillas y pantallas con números en fósforo verde, como en las viejas
computadoras. Cualquier teléfono inteligente utiliza hoy tecnología más
sofisticada.
- Estamos volando tecnología vieja, tecnología construida con una mentalidad aversa al riesgo -explica Emiliano-. Fijate que no hay ningún Google trabajando para la NASA. Eso es lo que quiere hacer él, ser el Google que desde la Argentina revolucionará la industria espacial.
Mat Travizano, el amigo al que Emiliano no autorizó a
contar sus andanzas de hacker, se ríe apenas escucha el motivo por el
que lo llamo. Es el fundador y CEO de Gran Data, una empresa
que se dedica a recolectar los rastros de nuestros gustos y
preferencias que dejamos en las redes sociales para luego venderles esa
información a las marcas, y está haciendo cola para comerse una
hamburguesa en un restaurante de Silicon Valley, la meca de la
revolución tecnológica. OK, no va a traicionar a su amigo, pero sí
accede a contar algunas aventuras de los tiempos iniciáticos de los
hackers argentinos. En ninguna, me aclara sin dejar de reírse, participó
Emiliano.
Todo comenzó en los primeros años de la década del 90,
cuando un grupo de adolescentes nerds con acné y un IQ bien arriba del
promedio mataban las horas que no podían dedicarles a las mujeres -su
tipo social aún no se había validado con los negocios millonarios que
vendrían- en un bar mugriento de San José y Avenida de Mayo.
- Éramos bichos raros, despreciados por el mundo -exagera Mat sobre aquella pandilla iniciática de hackers.
Su condición de desclasados de la popularidad, sin
embargo, no impedía que dentro del propio grupo se ejerciese un estricto
sistema de castas. Pero no era el dinero, ni la habilidad deportiva, ni
el origen social lo que determinaba quién pertenecía y quién no. Por el
contrario, lo que allí funcionaba era una meritocracia basada en el
conocimiento. En la punta de la pirámide estaban los que sabían, los que
habían salido victoriosos luego de bucear en sistemas ajenos.
- Era todo muy elitista. Si no demostrabas que habías
hackeado algo importante no te hablaban. Ni siquiera te dejaban
sentarte en sus mesas -recuerda Mat.
Emiliano sí integraba la élite de aquel grupo. Hijo de
padres psicoanalistas -Alfredo y Ana María-, se crió en Palermo y con
sábados entre talleres de periodismo y ciencia. Lucila, su hermana
melliza, era inteligente como él, pero más afecta a los libros. Es
doctora en Electro Neurofisiología. Emiliano, en cambio, tenía problemas
con la autoridad. Sus padres le habían insistido para que hiciese el
ingreso al Nacional de Buenos Aires, pero él se resistió.
- No quería que me rompiesen demasiado las bolas -explica.
Prefería estudiar menos y tener tiempo para encerrarse
con la Sinclair 2068, la computadora que le regalaron apenas se asomó a
la adolescencia. Entró al Cangallo, de cuyo secundario lo echaron
por irrumpir en la oficina del rector y empapelarla con papel higiénico.
Fue su primer hackeo y terminó quinto año en el Avellaneda. Cursaba por
las tardes, se encerraba con la computadora toda la noche y dormía por
las mañanas: un régimen ideal.
Ya por entonces se había hecho un nombre en el ambiente hacker local. Era uno de los miembros de HBO, Hacked by Owls, un colectivo de hackers, y se hacía llamar Logical Backdoor.
Comenzó como casi todos, hackeando juegos electrónicos, buscando sus
vulnerabilidades, trampas para derrotarlos o para hacer copias piratas.
- Como no era bueno jugando, los hackeaba -recuerda Emiliano.
De los juegos pasaron a los teléfonos. Habían conseguido un programa -el Blue Box - que reproducía ciertos tonos que les permitían hacer llamadas internacionales gratis.
Otro de los desafíos preferidos de esa primera camada, recuerda Mat,
era chupar la información de los celulares y clonar las líneas. Lo
hacían con los primeros aparatos que salieron al mercado y en la zona de
Plaza de Mayo. De este modo, captaban las conversaciones de políticos y
funcionarios que circulaban por la Casa de Gobierno y el Ministerio de
Economía.
- Era como una pequeña SIDE en manos de una banda de pendejos -se ríe Mat.
Lo que buscaban, asegura, no era lucrar ni extorsionar
con esa información. Lo hacían porque podían hacerlo, como una aventura,
un desafío. A medida que ganaban experiencia, se iban animando a más, y
pasó lo inevitable: llamaron la atención de la justicia. Hubo un par
que cayeron presos por defraudar a las telefónicas. Uno, que había
descubierto un agujero en los sistemas de las aerolíneas y se dedicaba a
viajar gratis por el mundo, y otro, que entró en el sistema de defensa
de Estados Unidos, terminaron igual. Las denuncias atrajeron a los periodistas y hasta se publicó un libro - Llaneros solitarios - contando las aventuras de esta pandilla de adolescentes. Es de 1994, y Emiliano -que aparece como Logical Backdoor y tiene 19 años- figura con una aparición estelar: abandona la charla que él y dos de sus amigos de HBO mantienen con los autores del libro porque tiene "otros planes más interesantes que charlar".
Ese mismo año hubo un congreso de hackers en el Centro
Cultural Recoleta, y Emiliano y sus compañeros de HBO manifestaron su
desacuerdo con el perfil demasiado público que estaba adquiriendo el
movimiento. Lo hicieron hackeando el teléfono público del lugar con un
manifesto:
"Esta conferencia sucks, como todas las conferencias
de hackers. Hablar acerca de los hackers es pointless. Los hackers no
somos ni queremos ser rockstars, y toda esa publicidad barata se la
pueden meter en el culo, no la necesitamos ni nos hace bien. Es lógico
que los que no saben quieran saber qué es un hacker. Bueno, vamos a
intentar una definición: toda persona curiosa es un hacker potencial.
La tecnología nos la venden con etiquetas que dicen para qué usarla:
todo eso es mentira. La tecnología es solo una herramienta y hay que
saber darla vuelta y usarla del otro lado. Desafiar las leyes en las
que uno no cree es la única manera de seguir creyendo en uno mismo y no
convertirse en un pedazo de sillón, para que venga alguien y se siente
arriba".
Esa ética libertaria era la que los impulsaba a pasarse
horas frente a la computadora. Los sistemas con los que se encontraban
-un teléfono público o la web de un banco- eran un desafío, un obstáculo
que debían descifrar para ganar puntos en la competencia virtual por el
dominio del saber. Lo que buscaban era romper un producto para
reencontrarse con la tecnología, liberarla de su función mercantilista.
Salir de la posición de consumidores y tomar el poder. La única
autoridad que reconocían era aquella basada en el conocimiento,
despreciaban cualquier otro sistema de control social. Pero no lo hacían
desde una posición crítica hacia el capitalismo o las corporaciones
-como años más tarde haría alguien como Julian Assange,
de Wikileaks-. No, lo hacían porque podían, para aprender, para
dominar. No querían la revolución, ni sabotear el poder. Lo que querían
era ser el más inteligente de la pandilla. Y divertirse, claro.
Además de los BBS, foros virtuales que precedieron a internet donde intercambiaban información, el grupo de hackers que circulaba por Buenos Aires mantenía una escena de bares y fiestas. HBO tenía buena convocatoria y organizó un encuentro en mayo de 1996. Fue en un cibercafé de Belgrano. "Vení con tu novia y tu hermana. Y si tu vieja está buena, traela también", anunciaba el flyer. El programa, sin embargo, no resultaba muy atractivo para las mujeres: la noche arrancó con una charla de Emiliano sobre criptografía y terminó con un concurso de ingesta de tequila y vodka.
Con el tiempo, sin embargo, los hackers mutaron en nerds
y ganaron validación social. Un nuevo héroe, de anteojos y tez
mortecina, comenzaba a disputarles mujeres y popularidad a los
deportistas y músicos que hasta entonces dominaban los pasillos de los
secundarios y se llevaban los suspiros de las chicas. La venganza de los
nerds alteraba los términos de intercambio y establecía una nueva forma
de dominio, aquella sostenida en un saber específico y tecnológico. Emiliano
era uno de los machos alfa de esta camada emergente y pronto encontró
la princesa con quien validar el ascenso social de su clase.
Sentada en Oui Oui, el bar que podría arrogarse la reciente popularidad del brunch por la zona de Palermo, Pola Oloixarac reniega contra su actual situación.
- ¿Podés creer que estemos sin internet en casa? -se queja.
Pola, la mujer de Emiliano, es una morocha argentina, un
derroche de sensualidad e inteligencia cultivadas en la carrera de
Letras de la UBA y con renombre en el mundillo literario gracias a Las teorías salvajes,
su primera y muy celebrada novela. Conoció a Emiliano en el Danzón, un
bar de moda de principios de siglo, y hablaron un par de veces, pero por
entonces tenía otro novio, que medía como dos metros y tenía cierta
fama de matón entre los chicos acomodados de los barrios del norte del
conurbano bonaerense. Emiliano igual le llamó la atención.
- Era muy cool para ser nerd -recuerda.
Varios años después se lo cruzaría en los pasillos de
Puán, la sede de Filosofía y Letras de la UBA. Emiliano ya había largado
su carrera de Matemáticas y cursaba la de Filosofía, que tampoco
terminaría. Al cabo de unos años se casaron.
Por esos años, a finales de la década del 90, Emiliano
había monetarizado aquel saber hacker empleándose en la industria que
más dispuesta estaba a pagarlo: la de la seguridad informática. Si
un grupo de adolescentes tenía la capacidad de quebrar los sistemas,
¿quién mejor que ellos para protegerlos? Ese fue el razonamiento de Ricardo Cossio,
el jefe de la DGI durante el gobierno de Carlos Menem, quien contrató a
Emiliano y sus amigos para que blindasen el organismo contra ataques de
gente como ellos. Así fue como, con menos de 20 años, terminaron en el
subsuelo de un edificio estatal, rodeados de computadoras y haciendo lo
que mejor les salía, sólo que ahora del otro lado del mostrador.
A los dos años, sin embargo, se aburrieron de ser
empleados y se dieron cuenta de que lo que sabían valía mucha plata.
Emiliano y tres de sus amigos hackers -Jonatan Altzul, Gerardo Richarte y
Ariel Futoransky- renunciaron a la DGI, convocaron a otros dos amigos
-Iván Arce y Lucio Torre- y abrieron Core, su propia empresa de seguridad informática. Arrancaron haciendo consultoría, pero pronto entendieron que vender productos resultaba más redituable que vender asesoría y desarrollaron Core Force,
un software que emula de manera automática el ataque de hackers a un
sistema para detectar sus vulnerabilidades y así corregirlas.
Abrieron oficinas comerciales en Boston, mantuvieron el departamento de
investigación y desarrollo en Buenos Aires y consiguieron clientes de
alto rango: desde la Casa Blanca hasta Amazon. La empresa fue, y sigue
siendo, un éxito.
En 2006, Jonatan y Emiliano arrancaron con un nuevo desafío: Aconcagua, un fondo de inversión en proyectos tecnológicos. La idea era detectar, invertir y hacer crecer compañías de base tecnológica de la región. Popego, de Santiago Siri, fue una de las primeras.
- Emi es mi Gordon Gekko -se ríe Siri, del otro lado del teléfono recién aterrizado de, una vez más, Silicon Valley.
La comparación, aclara, no apunta a la codicia del
personaje de Michael Douglas en Wall Street. Sí, en cambio, a su
condición de ambicioso mentor. Siri vendría a ser Bud Fox, el joven al
que Gekko aconseja en la película. Cuando conoció a Emiliano, Siri
desarrollaba Popego, una herramienta web que unifica los diferentes
perfiles que un usuario tiene en las redes sociales. Interesado en el
proyecto, Emiliano lo sumó al portfolio de Aconcagua y alentó a Siri
para que se postulase a la lista de la TechCrunch50, donde se
seleccionan las mejores iniciativas webs del mundo. Una noche, Emiliano
leyó que en una oficina de Silicon Valley se estaban realizando
reuniones para elegir a los finalistas y llamó a Santiago con una idea:
volar al día siguiente y jugarse a obtener el ansiado encuentro.
- Nos subimos al avión sin que nos hubiesen
confirmado el encuentro. Cuando aterrizamos prendimos el celular y
recién ahí vimos el mensaje donde nos avisaban que nos iban a recibir.
Alquilamos un auto en el aeropuerto, fuimos directo a la reunión y por
suerte nos fue bien -recuerda Santiago.
- Lo central de Emi -continúa- es que sigue pensando como un hacker. Más que el negocio, lo que le interesa es la tecnología. Para él, el negocio es funcional a generar la tecnología.
Aquel espíritu inquieto de Emiliano pronto se cansó de la rutina de Aconcagua.
- A mí lo que me gusta es hacer. Escuchar proyectos y dar consejos me empezó a aburrir -explica.
Así fue como, mirando alrededor para planear su próximo paso, terminó en la Singularity University,
un centro de estudios que queda en Silicon Valley y está financiado por
la NASA, Google y Nokia, entre otros gigantes de la tecnología, y que
ofrece un programa intensivo de diez semanas para mentes brillantes de
alrededor del mundo. Había ochenta participantes y la idea era que
cada uno desarrollase un proyecto de base tecnológica y con la
potencialidad de mejorar la vida de al menos mil millones de personas en
los próximos diez años. Emiliano pensó en satélites, fundó Satellogic,
se volvió a la Argentina, consiguió seis millones de dólares del
Ministerio de Ciencia de la Nación, el apoyo del INVAP y acaba de poner
al Capitán Beto en órbita.
Es, dice, un primer paso, y lo ubica de nuevo en la
vanguardia del conocimiento. Si en su adolescencia eran las
computadoras, ahora el objeto de sus desvelos es el espacio exterior.
- Como especie -se entusiasma- tenemos la obligación moral de desarrollar otro espacio para vivir.
- ¿Por qué? -le pregunto.
- Porque tenemos que tener un back-up en el caso de
que reventemos la Tierra y por razones económicas (hay metales muy
valiosos en otros planetas). Pero también por la aventura de hacerlo, de
conquistar y, sobre todo, porque se puede, porque tenemos la capacidad
tecnológica de hacerlo. Esta conquista del espacio ocurrirá pronto -pronostica
que en diez o quince años un hombre pisará Marte- y ya no será
monopolio de agencias estatales, como la NASA. Empresas privadas, asegura, impulsarán esta nueva carrera espacial.
- Será una aventura caótica y riesgosa, en la que va a morir gente. Pero como especie tenemos el deber de sobrevivir -asegura.
En el final de su charla en TEDx, Emiliano proyecta la imagen de un pequeño punto luminoso hundido en la oscuridad del universo. Es una foto de la Tierra sacada por la sonda espacial Voyager
a pedido de Carl Sagan. Así, dice, verán el planeta nuestros hijos, o
los hijos de nuestros hijos, cuando miren para atrás al lugar del que
salieron sus padres. Ellos, asegura, dormirán en las estrellas.