Este sábado se cumplen
100 años del nacimiento de Alan Turing, el matemático, criptógrafo,
pionero de la computación, teórico de la inteligencia artificial e icono
gay británico. Para muchos, sus ideas originales son una fuente de
inspiración para avanzar en el campo de la inteligencia artificial.
Otros, en cambio, dudan de la utilidad de sus postulados para determinar
si una máquina es un ente pensante.
Noel Sharkey, profesor de Inteligencia
Artificial y Robótica de la Universidad de Sheffield, en el Reino Unido,
reflexiona sobre la influencia de su legado.
Claramente, Alan Turing fue un
hombre que se adelantó a su época. En 1950, en los inicios de la
computación, él ya estaba lidiando con uno de los grandes dilemas del
área de la informática: ¿pueden pensar las máquinas?
Turing se planteaba esta pregunta en momentos en
que recién se estaban desarrollando las primeras computadoras y el
término inteligencia artificial (IA) aún no había sido acuñado. Éste fue
inventado por el científico estadounidense John McCarthy en 1956, dos
años después de la muerte de Turing.
Sin embargo, sus ideas demostraron tener una
influencia profunda en el nuevo campo de la inteligencia artificial y
crearon una división entre sus especialistas.
Máquinas que piensan por sí mismas
Uno de sus legados más perdurables -aunque no necesariamente bueno- es su aproximación al problema de las máquinas pensantes.
Aunque no creía tener muchos argumentos
convincentes que apoyasen su punto de vista, que favorecía la
posibilidad de una máquina pensante, Turing consideró y planteó frente a
los escépticos numerosas objeciones, relacionadas con temas tan
diversos como la religión y la conciencia.
Turing ideo la prueba porque tenía plena conciencia de la necesidad de hallar evidencia empírica.
Dada la escasa información disponible en ese
momento sobre el futuro de la computación, esta manera de enfrentar el
problema tenía sentido. Él afirmaba -correctamente- que "las conjeturas
son muy importantes porque nos muestran líneas útiles de investigación".
Turing tenía plena conciencia de la necesidad de
hallar evidencia empírica, por eso propuso lo que ahora se conoce como
el Test de Turing para determinar si una máquina es capaz de pensar.
La prueba es una adaptación de una competencia
típica de la era victoriana llamada "juego de la imitación", que
consiste en separar en una sala a un hombre y a una mujer y en otra a un
interrogador. Este último tiene que adivinar quién es hombre y quién es
mujer, haciéndoles una serie de preguntas que ellos responden por
escrito.
El hombre debe tratar de engañar al interrogador, mientras que el objetivo de la mujer es ayudarlo.
En el Test de Turing el hombre es reemplazado por una computadora.
La idea es que si la persona que hace las
preguntas no puede diferenciar entre el ser humano y la máquina, ésta
debe ser considerada un ente pensante.
¿Problema insuperable?
Turing creía que para el año 2000 el
interrogador promedio tendría menos de un 70% de posibilidades de
acertar, después de un interrogatorio de cinco minutos.
"Nadie
en el mundo de la IA interpreta el fracaso para superar el Test de
Turing como un argumento en contra de la posibilidad de crear una
máquina que piense"
En 1990, el neoyorquino Hugh Loebner estableció
una competencia con un premio de US$100.000 para quien pudiese crear una
máquina que pudiera pasar la prueba de Turing.
Muchos expertos en IA apoyaron esta iniciativa, hasta que se hizo evidente lo malo que era el desempeño de las máquinas.
Veintidós años después, ninguna máquina ha ganado y ni siquiera ha estado cerca de hacerlo.
Sin embargo, nadie en el mundo de la IA
interpreta el fracaso para superar el Test de Turing como un argumento
en contra de la posibilidad de crear una máquina que piense.
Como Turing siempre se refirió a este tipo de
máquina en un tiempo futuro, muchos creen que se podrá hacer pero más
adelante. Pero otros consideran simplemente que el test del científico
no es la herramienta más adecuada para medir la capacidad de
razonamiento de una máquina.
Si estuviese vivo
En el Test de Turing el interrogador debe distinguir entre máquina y ser humano haciendo una serie de preguntas a ambos.
Aunque las computadoras aún no han logrado
engañarnos y hacernos creer que son seres humanos, Turing seguramente se
sentiría emocionado por los grandes avances que se han logrado en el
campo de la inteligencia artificial.
La IA está floreciendo en muchas áreas: hay
desde robots investigando el progreso del cambio climático hasta
computadoras que controlan el mundo de las finanzas.
Me imagino que Turing hubiese saltado de alegría cuando la supercomputadora
Deep Blue le ganó un partido al campeón mundial de ajedrez Gary Kasparov en 1997.
También me lo puedo imaginar festejando cuando
el programa Watson le ganó a los dos mejores participantes humanos del
programa de televisión
Jeorpardy.
Es difícil pensar cómo cualquiera de estos
logros podría haber sido posible sin las ideas originales y radicales
del científico británico.
En mi opinión, el Test de Turing continúa siendo
una fórmula adecuada para medir el progreso de la IA y creo que los
seres humanos continuarán debatiendo sobre su validez por muchos años.